Fue en 1979 cuando mi amigo Paly llegó como tripulante al Pawn Pawn. Paly para los amigos, pero su nombre era Juan Carlos Henriquez, de tez morena, como su padre Juanito Henríquez, quién recaló en Paita en la década de los 50 mientras trabajaba como marino. Su madre fue Telma Mercedes, a quien todos la llamaban cariñosamente “Chocha”, y su familia de gran arraigo y muy conocidos en la comunidad paiteña. De esa unión nacieron Jorge Raúl (Tico), Inés Mercedes (Nena), Juan Carlos (Paly), David Aurelio, Cecilia Elvira y el benjamín Miguel Ángel (Chimpol), quienes vivían en una segunda planta en las inmediaciones de la bodeguita de “las Perlitas”, en el Jirón Junín frente al actual coliseo municipal.
Recuerdo a Paly como un enamoradizo que se comprometió muy joven y que, asumiendo sus responsabilidades, decidió probar suerte en la pesca, con la ayuda de su tía política Anamary Álvarez quien, para ese entonces, era la esposa de Bozidar Seselja, el capitán croata del Pawn Pawn, un atunero de bandera canadiense, pero que luego cambió a la panameña. Y como en familia siempre se dan la mano en mi tierra, eso decidió el viaje de Paly a Costa Rica para integrarse a la tripulación.
Para esa época, la noticia de esos días en Costa Rica era la donación de unas patrulleras por parte del gobierno de los Estados Unidos y el empeño de Costa Rica de efectuar una vigilancia más activa de su Zona Exclusiva Económica que cubría una vasta área acrecentada por la isla del Coco. Los barcos atuneros de diversas banderas entraban y salían de aguas ticas sin permiso alguno, y el gobierno de Alberto Carazo decidió ponerle coto a esta situación y el patrullaje se incrementó de manera sustancial.
Durante uno de los viajes de pesca que realizábamos, y faenando en cercanías del litoral tico, recibimos una llamada de la autoridad naval local, indicándonos que una de sus patrulleras se encontraba a la deriva por falta de combustible en las inmediaciones de Punta Burica, en la zona limítrofe con Panamá; así que tras recibir las coordenadas precisas enfilamos rumbo a la patrullera en cuestión.
Después de varias millas navegando, nos acercamos a ésta, ya era de noche, pero con las precauciones del caso le suministramos Diesel, algo de comida y agua, suficiente para que pudiera llegar a Puntarenas.
No había transcurrido más de una semana y continuábamos en zona de pesca, en aguas ticas, cuando, entre un grupo de atuneros faenando, pasó por la banda de babor de forma rauda la misma patrullera a la cual habíamos prestado auxilio. Todos sus tripulantes nos vitoreaban, tomaron fotos y a guisa de saludo y respeto izaron su bandera a popa. Tras ese acto protocolario, cada uno siguió con su rutina. No está de más decir que el capitán Seselja se sintió halagado por el detalle y nos lo hizo saber.
La pesca se asoló y la embarcación se dirigió hacia el norte. Llegamos a las inmediaciones del Cabo Santa Elena, que es casi frontera con Nicaragua. Pero la pesca nos era esquiva. Y el capitán, viendo cómo el viaje estaba casi por finalizar, le indica a Leonidas Dorich, el navegador peruano, que se dirigiera al oeste. En apariencia, incursionamos de manera inadvertida en aguas nicaragüense, ya sea por un error en el curso o por una posición inicial errónea. Cabe recordar que, en esos tiempos, el Pawn Pawn no usaba GPS a pesar de que ya era casi de uso común en casi toda la flota; es decir, el navegador hacía la navegación por estima, usando sextante. Y después de varias horas siguiendo ese curso, le avisaron por el sistema de altavoces al capitán que se aproximaba una patrullera que había sido avistada por uno de los tripulantes en su turno con los binoculares.
El capitán, convencido que era la misma patrullera a la que habíamos asistido, ordenó al navegador que detuviera la embarcación. Lucho León, uno de los compañeros, tomó los binoculares y observó con detenimiento: era una patrullera de la Guardia Nacional. Y lo dijo con convencimiento, pues él después de algunos años viviendo en Nicaragua, de la cual había huido por la guerra civil que combatía a Somoza, las conocía a la perfección. Efectivamente, no se equivocó, y al cabo de unos minutos ésta se nos acercó con lentitud, haciendo círculos cada vez más cerrados. Nos abordaron una docena de efectivos armados con fusiles M15 y una ametralladora calibre 40 que nos apuntaban: estábamos siendo detenidos e íbamos a ser conducidos a San Juan del Sur, el puerto más cercano. Ante eso, el capitán Seselja sorprendido agitó unos documentos de permisos de pesca; pero el oficial nicaragüense ni se inmutó, y le dijo de manera clara que esos papeles no servían para nada. El asunto es que, debido a la convulsionada situación de guerra, se patrullaba esa zona, porque se hablaba de un trasiego de armas desde El Salvador.

Navegamos toda la noche y amanecimos fondeados en una hermosa y serena bahía donde llegaron autoridades a inspeccionar y para hacer el trabajo reglamentario de puerto. Al cabo de unos momentos se acercó una pequeña canoa conducida por un adolescente y una señora bastante mayor quienes, al acercarse, reconocieron al gordo Lucho. Lo conocían porque había llegado antes en lanchas de Somoza.
La ciudad estaba sitiada y el paso estaba cerrado por la guerrilla, desde Rivas, y solo llegaba avituallamiento a la Guardia Nacional por embarcación o por avioneta. La cosa que les faltaba sal y Lucho los asistió con un saco de casi 50 kg que por poco hace zozobrar la pequeña canoa. No está de más decir que era lo que abundaba a bordo, pues se usaba para la refrigeración. También repartió unas galletas y se fueron felices.
Nos mantuvieron detenidos por espacio de 5 días en los que permanecimos a bordo. Solo un día antes que nos liberaran nos permitieron salir al pueblo. Así descubrimos que en el malecón que bordea su hermosa bahía destacaban tres casas muy lujosas que, como nos comentaron los lugareños, pertenecían a la familia Somoza. En la caminata conocimos a una adolescente que, picada por la curiosidad y ante lo obvio de nuestra condición de foráneos, inició la conversación, la cual no era de extrañar, giraba alrededor de la guerra civil que azotaba el país y su desprecio por la dinastía que los gobernaba. Nos pidió que la acompañáramos: la seguimos y llegamos a una casa de habitación donde nos recibieron de manera acogedora. Algunos de los compañeros se dedicaron a un entretenido juego de cartas y las conversaciones de rigor. Solo Paly se dedicó a coquetear con una agraciada adolescente, siendo correspondido.
Al día siguiente, el capitán nos hace saber que las autoridades militares y nuestra compañía habían llegado a un acuerdo por el cual nos decomisarían todo el combustible y los víveres, y con base en ese acuerdo, la embarcación sería liberada y zarparíamos al día siguiente rumbo a Puntarenas. Y al percatarnos que iban a decomisar todo, decidimos hacer unas bolsas de víveres y regalar a las familias que habíamos conocido, pues estábamos al tanto de las dificultades que vivían en esos días por el sitio al que estaban sometidos por la guerrilla.
Recolectamos harina, latas de atún, pastas, enlatados y demás, y nos dirigimos a tierra. Al desembarcar y pasar por el puesto de aduana, nos detuvo un funcionario que, de manera nada disimulada, quiso sacar provecho de la situación, y con subterfugios, intentó decomisar los víveres en cuestión. Ante eso, se acercó un funcionario de rango superior y lo desautorizó, señalándole que eran solo comestibles y que no estaban sujeto de impuestos ni de ninguna artimaña. Fue nuestra sorpresa que una de las familias beneficiadas resultó la del funcionario que se quiso aprovechar.
La chiquilla de trenzas no le quitaba mirada a Paly y él le correspondía con pequeñas sonrisas. Se tomaban de la mano y hasta un beso de vez en cuando se robaban entre ellos. Tras la despedida, regresamos al Pawn Pawn.
Los militares terminaban ya de vaciar las despensas y la última barcaza con el combustible decomisado se despegaba de nuestra banda. Ya teníamos el documento de zarpe de la capitanía de San Juan del Sur. Entonces, una última lancha se acoderó por babor, y Paly, sabiendo que no volvería a ver a la agraciada chiquilla, decidió escribirle una pequeña carta encerrándose en la cabina de Julio quien era el jefe de cubierta. Con trazos rápidos y en la prisa por entregar la misiva, Paly cerró el sobre y bajó a la cubierta a entregar la cartita de amor.
-Por favor -le dijo al de la lanchita-, entrégale este sobre a la chica que va a estar esperando en la entrada del muelle.
-Claro que sí -asintió el de la lancha y se alejó de la banda despidiéndose.
Mientras levantábamos el ancla y empezaba nuestro viaje de regreso a Puntarenas después de esos 5 días detenidos en Nicaragua, Paly se quedó observando desde la cubierta cómo la silueta de San Juan del Sur se iba haciendo cada vez más pequeña a medida que nos alejábamos de la costa.

Cayó la noche y al promediar las 7 pm., la campana se dejó escuchar en los pasillos del atunero: era la hora de la cena. El tema de conversación era nuestra llegada y las anécdotas de nuestra breve, pero forzada estancia en la tierra de Rubén Darío.
Eliseo era el mayor de todos, sin embargo, tenía un juvenil y gran sentido del humor. Leía muy a menudo, cosa rara entre pescadores. Eso sí, cuando se pegaba unas “chelas” desconocía hasta a su progenitora. Había que esquivarlo de lo pesado en que se transformaba.
La única mesa del estrecho comedor era un solo bullicio, y entonces surge la voz de Eliseo que, dijo con un tono jocoso y un exagerado falsete: “Mi amor, siempre te voy a extrañar…”
En un principio no entendíamos de qué se trataba el asunto, pero prosigue y la audiencia presta más atención:” Tus trenzas de oro y todo de ti extraño mi amor…”
Paly levanta una ceja y produce una mirada sospechosa:
Pero Eliseo ya no puede sostener la carcajada:
-Este huevón le escribe una carta de amor a la chiquilla y tan apurado estaba que cerró el sobre y dejó la carta sobre la litera -dijo a viva voz.
Paly tuvo que reírse y aceptar su metida de pata.
Pero Eliseo continuaba haciendo mofa del pobre enamorado:
– “Ay sí, sí mi amor…”
Éramos jóvenes y reíamos hasta no poder de lo ocurrido. Paly también se reía de sí mismo, de su cartita y de sus ocurrencias.
Imagino la cara de la chica al abrir un sobre vacío.
Nos adentramos en la noche. El de guardia al puente y los demás a descansar. Al día siguiente, llegamos sin novedad a Puntarenas. No hubo buena pesca en ese viaje, pero sí un cumulo de vivencias que perduran hasta estos días.
Al mirar atrás solo me queda recordar la sonrisa y el buen ánimo de un joven paiteño que hasta hace poco nos acompañó en nuestro recorrido por la vida.