PIXELURB
Reviviendo la luz perdida
Fue por los años setenta que la fotografía se me volvió ritual. No por moda ni por oficio, sino por esa extraña sensación de encuadrar el mundo a través de una cámara de rollo 120, pesada y noble como una confesión. Los fines de semana, al terminar mi caminata por las calles agitadas del Centro de Lima, me refugiaba en una librería del Jr. Lampa, cerca de la Plaza San Martín. Allí encontraba revistas italianas —“Il Diaframma” o alguna hermana de imprenta— que me hablaban de encuadres, emulsiones y silencios en blanco y negro. No entendía todo, pero las imágenes me hablaban más claro que el texto.
Cuando finalmente pude costear mi primera cámara DSLR, estaba en Panamá y celebraba mi primer ingreso ganado en la pesca. Fue una victoria simple pero propia. Con ella vino el sueño renovado de capturar instantes, pero la pesca —caprichosa y absorbente— me alejó poco a poco del visor y me exigió guardar la cámara. La afición quedó en pausa, sepultada entre redes y mareas.
Ahora que los años me han pintado con calma y temple, al borde de los sesenta, he decidido regresar a la fotografía con más fuego que antes. Ya no busco reconocimientos ni premios. Solo la posibilidad de mirar el mundo con curiosidad y sin prisa. Esa libertad la vuelco en *pixelurb.com*, un rincón sin pretensiones, sin el marco rígido del profesionalismo, pero con espacio amplio para colaborar con otros fotógrafos que aún creen en la magia de la imagen bien pensada.
En cada pixel hay una historia. En cada colaboración, una revelación. Esta segunda etapa no es un regreso —es un nuevo comienzo, más honesto, más visceral. Como aquella cámara de rollo 120, guardo la memoria, pero ahora disparo con entusiasmo fresco. Porque mirar sigue siendo mi forma favorita de entender el mundo.